La vida no es un principio y un final. Más bien es una línea en la que el yo descansa. Es como un rosario cristiano o mala budista, llena de cuentas sobre un hilo. Y cada cuenta puede ser una piedra negra o una blanca debido a las intenciones de la mente en cada gesto, palabra y mente. El hilo es el continuo necesario sin el cual las causas estarían separadas de los efectos, sin el cual todo sería intermitente y una pura imposibilidad.
Y así es siempre. Si tuviéramos la buena costumbre de contar esas cuentas, reconocer las malas y recoger la buenas estaríamos realmente haciendo algo útil en esta vida. Pero no es así muchas veces y lo llenamos todo de emotividad. Convertimos cuando somos así, a la religión o camino espiritual en algo idólatra que la imagina a una conveniencia egoísta.
Viviendo en la molicie mental sin esfuerzo, decimos, no somos nada y ya está, pero cuando hacíamos esto o lo otro si que realmente nos sentíamos que éramos algo y por cierto, bastante importante. Y así los que juzgan no ven, y pronostican lo que les conviene a su mente, y los que ven no juzgan mientras se preocupan de verdad por el sufrimiento de los demás. Pero los que ven son señalados de juzgar por los ciegos que no quieren ver. Y con esto la hipocresía y las convenciones falsas de la mundanidad pervierten una cosa sana y buena en algo solamente funcional y carente de vida. Como me dijo una amiga: Todo está automatizado. Yo pienso que es rápido y sin reflexión, sin transformación, sin profundidad. Es la vida más vacía que no es ni triste ni alegre, ni fría ni caliente, ni blanca ni negra...Es una NADA, es la gran falsificación.
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